Liz Hernández: la voz que planta cara en el pueblo pemón
Con apenas 31 años recorre comunidades para curar, para hablar de derechos humanos, para preservar los nichos lingüísticos y para hacer que suenen con fuerza las voces de las mujeres en terrenos que aún siguen dominados por hombres
Por Mabel Sarmiento
Ser mujer e indígena es un doble desafío que Liz Hernández asume con entereza. De origen pemón, se muestra resiliente, capaz de transformar las vulnerabilidades en fortalezas. Nacida en Maurak —comunidad de la Gran Sabana, al sur de Venezuela—, Liz hace frente a dos desafíos: la transculturización y el avance de la extracción minera en el estado Bolívar. Mientras muchos migran, ella decidió quedarse en su territorio para generar el cambio.
Maurak alberga a unos 3.000 habitantes. La mayoría vive de la agricultura de subsistencia —especialmente del cultivo de piñas y la cría de aves—, aunque el tejido social convive entre empleados públicos, estudiantes universitarios y defensores territoriales.
Tenía 29 años y ya organizaba con soltura talleres de derechos humanos en Santa Elena de Uairén, a solo dos horas de la frontera con Brasil. Se perfilaba como una lideresa comunitaria, guiada por la capitana de la aldea, Lisa Henrito, un referente del liderazgo femenino en los territorios indígenas.
De aquellos días a hoy, mucha agua ha corrido por el río Karukuy Merü de Maurak. Ahora, a sus 31 años, la convicción y la voz de Liz se proyectan en las aulas académicas y en las redes de activismo nacional.
Ya no solo habla para su comunidad; habla para el país: “El Estado dice que va a desarrollar una minería sostenible… pero han fallado en su rol de protector”, sentenció con firmeza el pasado 14 de mayo, durante la presentación del informe anual de Provea.
Liz, durante su intervención en la presentación del informe anual de Provea el 14 de mayo de 2026.
—¿Qué significa para ti el liderazgo femenino en la Venezuela de hoy?
—Un capitán a veces cree que las mujeres no podemos estar en esos puestos, solamente los hombres; eso es discriminatorio. Y mi pregunta es: ¿por qué no? A estas alturas, tenemos que cambiar eso. Las mujeres hacen más que los hombres. Cazamos, pescamos, sacamos la leña. Eso no es solo un trabajo de ellos, es parte de nuestra cultura ancestral. Fui secretaria de la Capitanía. Mi trabajo consistía en empoderar a las mujeres, enseñarles a cambiar un poco la mentalidad. He tenido preocupación por eso. Y cuando empecé a estudiar en la cohorte José María Korta, me fortaleció para cambiar mis pensamientos.
—¿Cuáles consideras que son los principales obstáculos y “techos de cristal” que existen en Venezuela para que más mujeres accedan a espacios de decisión?
—Trabajé con un doctor criollo, como apoyo de enfermería. Sentí que todo iba a darse de forma positiva. Pero, en una reunión del Consejo de Ancianos, me dicen que yo no puedo tener dos sueldos, el de enfermera y el de la secretaría. No podía tener otro cargo. Esa posición del cacique me hizo encararlo con fortaleza. ¿Por qué no? Él dijo que uno buscaba dinero fácil. Me levanté de la reunión, hubo muchas críticas y muchas felicitaciones. Ahora agradezco a la comunidad porque tuve la oportunidad de hacer cosas y demostrar mi valentía. A muchos les pregunté: ¿cómo están sus hijos a los que les doy clases?, ¿a estas alturas están liderando, trabajando?, y les conté que estaba ocupando dos cargos por una necesidad y no para ver mi nombre reflejado con algo relativo al dinero. Estaba haciendo eso por mi mamá que estaba enferma y no podía esperar. Eso fue una fuerza para enfrentar a la gente y perder el miedo.
Intenté valorar el trabajo que hacía ese médico, que estaba a 42 minutos en avión, me tenía que quedar durante un mes y dejaba a mi familia. Solo me daban una semana libre y no era suficiente para poder estar con mi familia. Mi hija menor tenía cuatro años, la llevaba de vez en cuando, pero como era una zona minera, se enfermaba por el agua contaminada.
Durante semanas enteras se ha separado de su familia para cumplir con su propósito social
—¿Cuál ha sido el momento más desafiante que has enfrentado en la construcción de tu liderazgo femenino y qué emociones predominan en ese proceso de toma de decisiones? ¿Qué has perdido y qué has ganado?
—He sido una persona muy fácil escuchando críticas. Sin embargo, tengo un límite. A mí me gustan los resultados de mi trabajo. Tuve una buena relación con el médico; cuando me conoció me dijo que había atendido cinco partos y cuando estuve con él lo ayudé con dos. De hecho, hubo un parto complicado, uno de ellos el de una niña de 15 años. Él hizo una maniobra para salvar su vida, evitó que se contaminara. Aprendí mucho de él, siempre me gustó el área de la salud y me comprometí mucho. Además de eso, los miembros de la comunidad tienen la mentalidad del reclamo, son muy fuertes, y sus valores como indígenas es que siempre están a la defensiva, entonces tuve que mediar en los conflictos internos cuando no entendía la postura del médico criollo.
De esas situaciones desafiantes, contó que una vez llegó a pedir al Consejo de Ancianos un trabajo para su hermano menor y le dijeron que lo enviaría a una mina y, de nuevo, se enfrentó a los hombres que querían imponer su criterio.
Tras ese episodio empezó a madurar la idea de crear un consejo de jóvenes, así como el de ancianos, uno en el que puedan participar y dar sus opiniones.
—¿Y es posible?
—Sí. De hecho, nos estamos encaminando en eso.
—¿Cuál es la población de jóvenes?
—70%, y la mayoría son mujeres. A una lideresa siempre le van a tirar piedras, pero hay que cambiar esa mentalidad: más acción y menos discurso.
—¿Qué le dirías a las jóvenes, específicamente indígenas, para que se interesen en la participación, que tengan una motivación en el liderazgo, entornos sociales y políticos?
—Primero tienen que salir y romper ese patrón en el que ellos predominan. Cuando una mujer levanta la voz, empiezan a señalarla. Pero que rompan ese patrón y salgan más; busquen asesoría, forménse. Uno aprende en el camino es educándose. Participen más en las comunidades con sus líderes y así ellos van a ir aprendiendo. Involúcrense más en los proyectos, en las actividades comunitarias y pierdan el miedo.
Combina su activismo social con la capacitación en DD.HH
Echada pa’lante
Liz Hernández es madre de tres niñas y, por eso, prefiere ver las cosas positivas de su comunidad, Maurak. No se detiene a pensar en las debilidades, sino en las fortalezas y en las acciones que dan esperanzas.
Estudió en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL) Educación Intercultural Bilingüe, carrera que combina con la organización social y permanente capacitación para convertirse en promotora social.
Además, estudió canto, componente con el que nutre los talleres que dicta dentro del proyecto Vuelta a la Raíz que impulsa la UCAB-Guayana para preservar el nicho lingüístico pemón.
—Una de las estrategias sería concienciar a las organizaciones para que den charlas de empoderamiento, de liderazgo, para que las mujeres puedan asumir todas esas responsabilidades. Eso fue lo que hicimos al principio con las organizaciones internacionales; trabajamos en eso que impacta en la comunidad y que las deja ávidas de aprender más.
—Muchas veces, como indígena, la mentalidad es que si tú me das, yo lo hago. Pero hay que cambiar esa mentalidad. Por eso decía: charlas de concienciación, dar las herramientas o las instrucciones para que ellas mismas aprendan a crear, a emprender. Porque si tú le das 100 dólares para que compren los materiales, es mentira que lo van a hacer. Y, por último, dejar que ellas mismas puedan dar sus pasos, crecer.
—Primero, en mi comunidad considero que todas las mujeres somos emprendedoras. Hasta yo lo hago. Así sea vendiendo gelatina o algo, buscamos la manera de sustentar a nuestra familia, mientras que en otros sectores donde también estuve (en las minas) hay una realidad distinta. Los hombres, quizás como consecuencia de la minería, han rebajado a las mujeres: eres de la casa, cuida a tus hijos, llévalos a la escuela. Son pocas las mujeres que emprenden en esa zona; la mayoría están en casa, no trabajan. Muchas dependen del conuco, de la siembra que hacen, pero no es a gran escala, sino para el consumo nada más.
Entonces, en esas partes, la economía de la mujer es vulnerable y afectada por la minería. También vi en esas comunidades que ellas buscan la manera de trabajar y se turnan para limpiar las escuelas: una trabaja un mes y luego la otra, para poder sustentar a sus hijos.
En cambio, en mi comunidad hay muchas que buscan la manera de emprender, vendiendo productos brasileños, por ejemplo, y unas pocas, por decir, 5% va a la mina con sus esposos o con algún familiar, para también solventar. Aunque eso también ha traído muchas consecuencias; por lo menos, las que van con sus parejas regresan separadas, o traen uno que otro de otro sector.
La vida en las minas es muy difícil. Son muchas las cosas que enfrentamos y lo que más afecta es la parte de salud. Cuando fui coordinadora de salud, me impactó el caso de una niña de 15 años que parió morochos, les diagnosticaron sífilis y los enviaron a Boa Vista (Brasil), porque en Santa Elena el gobierno no garantiza el derecho a ser atendido, a menos de que tengas oro.
Con la comunidad pemón intenta preservar la cosmovisión indígena
—Siempre en las reuniones se han tocado esos temas, pero yo creo que hace falta una lideresa que esté en la capitanía en general, que dé ese impulso.
—Sí, ellos hablan y mencionan nuestras propuestas, pero como que hasta ahí. Pero hay líderes comunitarios que están en otro nivel, por decirlo así, y atienden algunos casos. Pero buscar estrategias para minimizar o para contrarrestar esta situación, desde mi punto de vista, no sé si lo han hecho.
—Hasta ahora admiro a tres lideresas que están siempre enfrentando esos estigmas y, sin embargo, a veces no las toman en cuenta. Y en cuanto a las decisiones que se han tomado, y me da mucha tristeza decirlo: hay líderes, no todos, que sí tienen autoridad, pero han perdido la credibilidad, porque dicen que van a enfrentar la inseguridad generada por la minería y, al final, cambian rápido de opinión. Personalmente, me emociono cuando muestran su posición fuerte y, luego, me decepciono cuando se opacan. Lo otro es que solo utilizan a las mujeres para tener más votos y no las buscan para participar.
—Siempre en nuestra comunidad hacemos asambleas cuando hay algún conflicto. Y para sanar, tenemos herramientas ancestrales; claro, también tenemos normativas. Eso es en cuanto a mi comunidad. Hablando del municipio de Santa Elena, la Gran Sabana, he visto últimamente que nos hemos unido. No todos, pero los que son habitantes antiguos se preocupan por la inseguridad, la migración… por todo lo que ha pasado. Muchos han perdido a sus familiares; incluso yo, fui la única que quedó de mi familia en mi comunidad. Quedé con esa herida todavía abierta. Pero bueno, esperemos que si llegara a cambiar de verdad, puedan.
—Trabajé en dos sectores cercanos antes de que comenzara todo esto y hubo conflictos por el territorio, y llegaron a un acuerdo para cerrar la minería. Luego se presentó una situación por la inseguridad y las comunidades, de nuevo, se vieron obligadas a cerrar las minas. A raíz de esos casos, varias comunidades tomaron la decisión de cerrar la minería el 15 de mayo de este año.
Pero también hubo dos sectores que negociaron con el gobierno y no dicen la verdad, que es que dependen de la minería para pagar los sueldos de los profesores, o a los médicos. Dicen más bien que es para el turismo. ¿A quién quieren engañar? Entonces, claro, al gobierno le encanta esa idea. Y ahora con la nueva Ley de Minas, con “la minería responsable”, cuando fue un representante indígena para el municipio, pidió a los capitanes para que lleven sus propuestas, pero ¿cuándo fuimos consultados? Y si lo hicieron nuestros líderes, no nos informaron, pero ya eso estaba aprobado.
Van engañando a las personas. Siempre han estado violando nuestros derechos como indígenas. También hicieron lo mismo con el Arco Minero del Orinoco. Llamaron a los representantes indígenas, asistieron a la reunión, les tomaron foto, recogieron asistencia y, al final, sale como si se aprobó todo solo por asistir. A estas alturas, nos da miedo ir a esos encuentros.
—El llamado de atención sería hacia los líderes, porque han permitido que el reconocimiento sea en una cosa donde les favorece a ellos. Cuando reclamamos nuestros derechos, nos ignoran. Nos dicen que somos reconocidos como patrimonio cultural y, cuando exigimos no nos toman en cuenta. Los líderes deben hacer valer su autoridad, porque perdieron credibilidad.
Le apasiona el trabajo asistencial y la docencia
Para profundizar en esa fuerza que la caracteriza y entender las dinámicas de su liderazgo en momentos de crisis, volvimos a contactar a Liz a propósito de la emergencia desatada por el doblete sísmico del 24 de junio. Por ello, algunas de las preguntas de este diálogo fueron formuladas tras los terremotos que azotaron a Venezuela, un contexto donde la resiliencia de mujeres como ella vuelve a ser el pilar de sus comunidades.
Mi prioridad actual y para los días venideros es la organización sostenible. Estoy a cargo del centro de acopio propio de la comunidad, y nos estamos asegurando de gestionar la ayuda de manera estratégica; planificamos los envíos cada 15 días en lugar de hacerlo a diario, para garantizar un apoyo constante y coordinado con los centros de acopio de la alcaldía y las iglesias en Santa Elena.
—Aunque en nuestra comunidad afortunadamente presenciamos el temblor sin sufrir daños materiales ni humanos, las necesidades han cambiado drásticamente en el aspecto psicológico y emocional. Las mujeres y las familias están impactadas y preocupadas al ver las noticias de lo que ocurre en las ciudades.
Una prioridad crítica que está cambiando es el manejo de la salud mental y su impacto en las enfermedades crónicas. Por ejemplo, en el ámbito familiar lo vivo con mi madre, quien es paciente diabética y a quien este impacto emocional le afecta directamente su salud física. Como lideresas, nuestra necesidad prioritaria ahora es aprender a manejar este impacto psicológico, mantenernos informados y cuidar la estabilidad emocional de nuestra gente ante la incertidumbre.
—La respuesta humanitaria debe basarse en acciones concretas de organización comunitaria, redes de apoyo locales y el reconocimiento de las capacidades profesionales de las mujeres. En nuestro caso, demostramos que las mujeres somos aliadas clave en la primera línea de respuesta: nos organizamos en tiempo récord —incluso bajo la lluvia y en horas de la noche— para movilizar a las familias y recolectar alimentos secos, ropa y juguetes.
Además, para una respuesta humanitaria efectiva es fundamental el despliegue del talento profesional femenino en las zonas afectadas. Como acción concreta de nuestra comunidad, un equipo de salud donde el componente femenino es clave —así como la doctora y la enfermera que salieron en el relevo hacia la ciudad de Caracas— debe ser integrado activamente para atender a los pacientes. Fortalecer el liderazgo femenino implica confiarles la gestión de los centros de acopio locales y permitirles articular la ayuda humanitaria de forma autónoma y coordinada con las instituciones.
Siempre, cuando sale de Maurak llega la representación de su cultura
A Liz, una mujer determinada y que camina con destrezas por los los alrededores de la plaza La Candelaria, la entrevistamos el 14 de mayo de este año a pocas horas de tomar un avión con dirección a Puerto Ordaz.
Al terminar la entrevista, contó con gracia que un amigo le había recomendado tener mucho cuidado, aludiendo a que Caracas era una ciudad peligrosa, para luego rematar: “Eres una maurakeña”.
Esa broma, la repitió con seguridad, la misma que demuestra cuando se planta frente al consejo de ancianos, los hombres pemones, ante quienes ha hecho valer la voz de las mujeres.
Se mantiene el contacto con las universidades para preservar los nichos lingüísticos
