Docentes dejan a un lado las tizas y pizarras y se van al comercio informal

De los 37 mil docentes que hay en Lara, entre 40 y 50 % migraron o cambiaron de oficio por los bajos salarios, según el Sindicato Venezolano de Maestros del estado Lara (Sinvemal)

Desempeñar oficios como la repostería, costura o ventas de chucherías es ahora el trabajo que le genera más ingreso a las docentes de Venezuela y, en particular, a las que viven en el estado Lara.

Julieth Quiroz, como miles de profesionales  del sector educativo, ha tenido que surfear la crisis económica, y desde hace un año comenzó a buscar opciones en varios oficios, entre ellos la costura, para obtener más ingresos.

Recuerda que, en marzo de 2022 estaba sentada en el porche de su casa, ubicada en el barrio Los Pocitos,al oeste de Barquisimeto en el estado Lara, pensando qué podía hacer para ganar más dinero, pues el sueldo como profesora no le alcanzaba y, además, su esposo acababa de tener un accidente que lo tenía en cama.

El no tener para comprar una harina de maíz y un pedazo de queso para la cena, despertó en ella pensamientos de reflexión sobre su vocación. Se cuestionaba si le permitía llevar comida a la casa.

«No tenía ningún oficio, no sabía hacer algo diferente a mi profesión. Se me vino a la mente vender chucherías, pero para hacerlo tenía que salir al centro o la plaza Bolívar porque en mi barrio había muchas bodegas», comentó la profesora Julieth.

Esa idea quedó descartada, además porque no podía dejar a su esposo solo. Entonces, una vecina le planteó la idea de hacer un curso de costura.

Fue así como luego de meses de ensayo y error, confeccionó su primera blusa, que la usó como modelo para que sus vecinas y amigas la vieran, y a la vez aprovechaba para ofrecer arreglos de pantalones, cambio de botones y cierres.

Esta labor la hacía (y sigue haciendo) en paralelo con su trabajo formal adscrito al Ministerio de Educación. Ella nunca dejó la enseñanza, porque es su vocación. Solo que, ahora, la costura es su principal fuente de ingresos.

En medio de protestas

Desde enero de 2023, los docentes venezolanos protestan para exigir un salario acorde con el costo de la canasta básica. En promedio, ganan entre 6 y 20 dólares mensuales, un monto que no alcanza para cubrir las necesidades básicas. Solo la canasta alimentaria está en 511,20 dólares, según la organización no gubernamental (ONG) Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FVM). 

Desde hace tres años, el Gobierno nacional centralizó el pago de sueldos e impuso el instructivo de la Oficina Nacional de Presupuesto (Onapre), el cual despojó a los maestros de los beneficios contractuales. 

A raíz de este instructivo, los sindicatos han denunciado que el 15 de marzo de 2022 fue el último aumento por decreto y no por convención colectiva y que desde hace casi 500 días continúan percibiendo la misma cantidad de dinero.

Los docentes venezolanos están a la espera de que se logre la firma del contrato colectivo, que es el que garantiza el salario, la permanencia de sus beneficios, la seguridad social. 

En las constantes acciones de calle, han denunciado que, desde hace años, no cuentan con atención en clínicas, seguro funerario, el beneficio de medicina para los jubilados, entre otros.

Desde que Julieth hace remiendos a la ropa de sus clientes, confecciona blusas y hasta pantalones de vestir, en la semana puede ganar entre 10 a 15 dólares.

Precariedad extendida

La realidad descrita anteriormente se repite en el conglomerado de los educadores del estado Lara. 

Hilda Peña, secretaria general del Sindicato Venezolano de Maestros del estado Lara (Sinvemal), indicó que, desde el año 2019, el sector educativo arrastra un déficit de 40 %, porque los docentes están dejando sus cargos en la educación pública, echan a un lado las tizas y pizarras para dedicarse a otros oficios como la economía informal.

Puntualmente, Peña informó que de los 37 mil docentes que hay en Lara, entre 40 y 50 % migraron o cambiaron de oficio por los bajos salarios.

«Empezaron a irse a planteles privados, porque ofrecen mejor pago de horas, así como también a otras ramas que no tiene nada que ver con la enseñanza», aseveró Peña.

Omaira Sánchez, maestra de preescolar, también entra en el lote de las miles de docentes en Venezuela a las que el sueldo no les alcanza y deben buscar otras formas para sostenerse.

Desde hace un año y medio comenzó a dictar tareas dirigidas, primero con su sobrina y luego se le fueron uniendo más niños hasta tener cinco. Les enseña la comprensión lectora y refuerzo de actividades.

“Sigo educando, pero desde otro espacio. Cobro 5 dólares semanales y, además, de eso vendo en mi casa queso y refresco para ayudarme con otro dinero extra”, sostuvo la “mae” como sus niños le dicen cada vez que llegan a su casa, donde tiene el espacio para las tareas dirigidas.

Desplazamiento a privados

Tampoco Nuris Yépez la tiene fácil. A ella no le quedó otra que buscar horas en un colegio privado para poder redondear 200 dólares al mes.

Es madre de dos niños, de 7 y 9 años de edad, su esposo trabaja en el mercado San Juan de Barquisimeto, pero no tiene buenos ingresos.

Yépez no quería renunciar al Ministerio de Educación, pero su situación era crítica: 600 bolívares que recibía al mes por su trabajo no le alcanzaba para comprar un cartón de huevo, harina, mantequilla y queso.

Se sentía frustrada, lloraba todas las noches en el baño de su casa, para que su esposo e hijos no se dieran cuenta. Un día de febrero de este año, llegó al liceo, ubicado en la carrera 15 de Barquisimeto, y lo primero que hizo fue hablar con la directora del plantel público, le indicó que no aguantaba la situación y que debía buscar otro trabajo, para poder cubrir las necesidades de sus hijos.

Como los maestros se encuentran en protesta desde hace más de seis meses y van sólo dos días a la semana, planteó ir en el turno de la mañana para ir a su otro trabajo en las tardes como profesora de inglés: 12 horas académicas en un colegio privado, ubicado en el este de Barquisimeto. Así fue que pasó de cobrar 15 dólares a 200 dólares mensuales.

Condiciones deplorables

Las condiciones en las instituciones públicas es otra arista que empaña el sistema educativo. Baños colapsados, salones sin pupitres ni electricidad son algunas de las deficiencias que hacen que los docentes no se sientan motivados para asistir a clases.

En la región larense existen 2.057 instituciones educativas públicas y, aunque el Gobierno nacional anunció que las Brigadas Comunitarias Militares para la Educación y Salud (Bricomiles) rehabilitarían los planteles, hasta febrero sólo 170 escuelas estaban en la lista de las que fueron reparadas, de acuerdo al balance de la Gobernación de Lara. 

Para Laura Igarra, presidenta del Colegio de Profesionales en Educación, la situación de los planteles está en decadencia porque las instituciones “están acabadas”.

“Los estudiantes no tienen el servicio de comedor escolar, las bibliotecas están destruidas y no existe el departamento de bibliotecas, no hay laboratorios de biología, química ni física”, sostuvo Igarra. 

Estas deficiencias en el sistema ponen más barreras a la carrera. Ya no es atractiva y los que ya son docentes no avanzan profesionalizándose, porque si no pueden cubrir los gastos de salud y alimentación, menos pueden costear estudios de especialización.

“Las cuotas mensuales pueden alcanzar los 100 dólares, dependiendo de las universidades. Esto también afecta al gremio, aupa la deserción y daña la calidad”, acotó la docente.

Ya finalizando el año escolar, muchas maestras no disfrutarán de las merecidas vacaciones. La bonificación no pasa de los 300 bolívares, menos de 10 dólares. Así que seguirán dependiendo de los “tigritos”, los trabajos u oficios extras a los que se ven obligadas a realizar para poder surfear la crisis económica que atraviesa Venezuela.