Mujeres warao migrantes se niegan a abandonar su cultura
Enfrentar un proceso migratorio siendo parte de un pueblo indígena tiene elementos diferenciales. Las mujeres se han preocupado por evitar que su cultura sucumba ante los cambios y la lejanía
Por Lizanny Reinoza Farrera
Foto: Leanny Torres, líder indígena warao migrante en Brasil
Los pueblos indígenas de Venezuela no escapan de la crisis generalizada que ha afectado al país estos últimos años. Tras intentar resistir, muchos de ellos se vieron obligados a dejar sus tierras, sus culturas y costumbres para sobrevivir en otros países. Su proceso migratorio tiene aspectos diferenciales relacionados a su cultura. En el caso de las mujeres warao de Delta Amacuro, ellas están comprometidas con rescatar su cultura, incluso desde la lejanía.
En abril de 2019, Leany Torres, una mujer de la etnia warao decidió dejar su Delta Amacuro y partir hacia Brasil con su hija Joisi. Su mayor impulso fue el económico: el salario mensual que percibía en Venezuela le alcanzaba para comer solo dos días. Ella era maestra de 2do grado en una escuela primaria de Tucupita, su sueldo rondaba los 50.000 bolívares, unos 12 dólares, mientras que la canasta alimentaria para ese entonces era de 1.924.265,02 bolívares (525 dólares).
Tras arribar a la ciudad de Boa Vista, capital del estado de Roraima, Brasil, la joven se instaló en Ka Ubanoko (“nuestra casa” en warao), una Ocupación Espontánea, que en Venezuela se conoce como “invasión”. Allí se establecieron otras familias originarias de las etnias warao, pemón, eñepa, kariña y algunas personas no indígenas. En este lugar algunos elementos de la cultura como la artesanía, la lengua, y la autoridad de esta etnia basada en el “cacique” (jefe), se fortalecieron gracias a que muchas personas de diferentes comunidades indígenas se agruparon, transformándose en un pueblo multicultural.
En septiembre de 2020, las 850 personas que conformaban Ka Ubanoko recibieron una orden de desalojo por parte del ejército brasileño para reubicarlos en un refugio llamado Jardín Floresta, también ubicado en la ciudad de Boa Vista. Los líderes de esa comunidad conocían la realidad de otros indígenas en los abrigos de Brasil. Sabían que de generarse esa reubicación no habría autodeterminación, y perderían el sentimiento de libertad que tenían. Además, estarían sometidos a otras normas que fueran ajenas a sus usos y costumbres.
Tras varios intentos de diálogo, la población migrante indígena fue desalojada y reubicada en Jardín Floresta, un abrigo que forma parte de la “Operación Acogida” del país brasileño. Allí, la fraternidad internacional apoyaba a las mujeres indígenas con materia prima para realizar sus artesanías y comercializarlas. Los encuentros con autoridades del estado brasileño se encontraban siempre nutridos con la cultura warao a través de la vestimenta, cantos, bailes y danzas. Eran momentos donde algunas tradiciones se veían en su esplendor, relata la joven Leany.
Simultáneamente, otros elementos de gran importancia para la cultura warao fueron desapareciendo.
La pesca, la siembra y cosecha de ocumo, y la recolección de moriche, principales modos de vida de los warao, fueron desapareciendo en Jardín Floresta. Organizaciones no gubernamentales habilitaron un pequeño espacio donde podían hacer siembras colectivas de plantas únicamente medicinales, lo que permitió que las mujeres que vivían en el abrigo pusieran en práctica la preparación de medicinas tradicionales ante enfermedades comunes.
En el Delta del Orinoco, mantenían el sentimiento de libertad y autonomía. Leany Torres, contó que estando en el refugio de Brasil no tuvieron la posibilidad de tomar decisiones sobre muchas cosas, entre ellas, la alimentación que consumían.
La tenencia de propiedad, y sentido de pertenencia, es también un elemento de las tradiciones y costumbres de estos indígenas. En Delta Amacuro, las tierras para conucos son heredadas a nuevas generaciones de cada familia, asimismo, los terrenos para sus casas, los cuales representan mayor importancia para ellos. En los refugios las paredes son muy altas, no hay aire fresco, por lo tanto, muchas actividades son imposibles para los warao. “Se asemeja a una cárcel”, narró la mujer warao.
El componente fundamental de la identidad cultural, el idioma warao, se ha mantenido hasta la actualidad dentro de los abrigos de Brasil. Al menos en la población adulta de mujeres y hombres. Leany piensa que esto podría cambiar y que su lengua está en riesgo de desaparecer en manos de las nuevas generaciones que se ven obligadas a hablar español y portugués.
Hoy, Leany se considera privilegiada porque ya no vive en el abrigo Jardín Floresta. Tiene la oportunidad de trabajar, de tener un espacio dentro de una comunidad que está surgiendo, y sabe que ya no vendrán las grandes organizaciones con imposiciones de normas que van en contra de sus costumbres.
Actualmente, reside en Warao a Janoko (Hogar o casa del warao), en el municipio Canta de Boa Vista, y tiene las posibilidades de realizar la mayoría de sus actividades culturales sin condiciones. Leany ha tenido participación en muchos movimientos que contribuyen al bienestar de los pueblos aborígenes migrantes en Brasil y ha estado presente en múltiples encuentros nacionales y estadales con el fin de elevar su voz por su comunidad, para que sus derechos indígenas no sean violentados.
Quiere fundar una asociación civil en Boa Vista, para dedicarse a la cultura y educación de su comunidad.
Una warao en Guyana
Yili Bastardo, una joven warao que vive en Enmore, la región 4 de Georgetown, capital de Guyana, no está dispuesta a olvidar su lengua materna, el Warao.
A diferencia de muchos de sus paisanos en Delta Amacuro, el estado de Venezuela donde se encuentra asentado el mayor número de indígenas pertenecientes a esta etnia, Yili, no se encuentra rodeada de las aguas del gran río Orinoco, ni del calor de muchos familiares.
Ella no piensa dejar a un lado las costumbres y tradiciones de su pueblo originario, a pesar de que existen dificultades para mantenerlas por estar inmersa en una sociedad diferente a la suya. Cuando se mudó a Guyana con su hija, una de sus hermanas y otros parientes, encontró la oportunidad de tener un trabajo digno y de mejorar su situación económica. Sin embargo, su forma de ver el mundo no cambió: es una warao del Delta.
Es por ello que Yili eligió seguir hablando su lengua materna incluso en medio de un entorno en el que el español y el inglés guyanés son prácticamente obligatorios. Asimismo, prefirió las medicinas tradicionales de su pueblo ante cualquier problema de salud y ha sostenido las creencias propias de su cultura warauna.
Migrar ha significado dejar a un lado algunas actividades que son parte de la identidad cultural de los warao, como la pesca, la siembra y cosecha de tubérculos, la recolección de frutos silvestres, y por ende, gran parte de su gastronomía, incluyendo su principal platillo que contiene el ocumo y el pescado. Pero desprenderse de lo que tanto quiso valió la pena: hoy día, gracias a esas oportunidades económicas pudo reunir al resto de sus hermanas y a su madre en Guyana y de esta forma las actividades culturales de su comunidad indígena volvieron a su vida. Ahora, hablan más el warao, practican la artesanía, y nuevamente se encuentra rodeada de esa familia numerosa unida.
¿Por qué migran las comunidades indígenas?
Las carencias generalizadas a causa de la depresión económica de Venezuela que arroparon las comunidades indígenas desataron procesos migratorios internos y externos. Para el 2014, la economía de Venezuela, el país con las mayores reservas de petróleo en el mundo, entraba en una grave recesión. Múltiples sectores productivos perdieron espacios, originando escasez de productos de primera necesidad, que dio lugar a altas tasas de inflación que –en tan solo 2 años– consumió los sueldos y salarios de los venezolanos.
Los pueblos indígenas pasaron de tener cierta autonomía en los sectores educativos, productivos, cultural, social y de salud, a pertenecer a la población más afectada y desasistida del país durante el proceso de colapso económico que apenas iniciaba, al menos fueron los casos de los aborígenes de la región Guayana.
Estos grupos étnicos que se encuentran asentados en los estados Amazonas, Bolívar, Monagas y Delta Amacuro, que abarcan aproximadamente más de 20 pueblos con sus lenguas y costumbres propias, se vieron gravemente impactados por la escasez generalizada del 2016, dando lugar al fenómeno migratorio del indígena venezolano.
Aproximadamente 8 mil aborígenes de los estados antes descritos han migrado desde 2014, según afirma Armando Obdola, presidente de A.C. Kapé Kapé, Organización no Gubernamental que documenta la situación de los originarios y defiende los Derechos de los Pueblos Indígenas de Venezuela.
Migrantes de la etnia warao
La población warao, el segundo pueblo nativo más grande Venezuela (Acnur, 2018), que está asentada mayoritariamente en el Delta del Orinoco, es el grupo étnico venezolano que ha registrado mayor cantidad de desplazamientos hacia países como: Brasil 65%, un 29% en otros estados y un 6% en Guyana. (Kapé Kapé, 2020).
Según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), presencia de indígenas venezolanos en Brasil se dividen en cuatro grupos étnicos: Warao (66%), Pemón (30%), Eñepa (3%) y Kariña (1%): la mayoría de los indígenas desplazados se encuentran en la región norte. Sin embargo, muchos de ellos ya están presentes en 16 estados diferentes en el país brasilero.
Los primeros warao en desplazarse hacia Brasil fue en el 2014, cuando algunas familias provenientes de las comunidades Jojene y Janakajamana arribaron a esa nación a comercializar sus artesanías. Al regresar a Venezuela se corrió la voz de que allá había abundancia de alimentos, productos de primera necesidad y presumían la solidaridad de los brasileños. Esta noticia habría animado a los warao a emprender su viaje hasta el vecino país, según asegura el sacerdote Josiah Kokal, misionero de la consolata.
En el 2017 se inició el proceso de “abrigamento”. El gobierno brasileño convirtió los “centros de referencia de refugiados” en abrigos, estas instituciones eran diferentes porque había cierta independencia de los migrantes en muchas de sus actividades diarias, sin embargo, al cambiarlos a refugios perdían esa posibilidad de que los venezolanos tomaran sus propias decisiones.
Desde abrigos, refugios o casas, en Brasil o Guyana, las mujeres warao como Leany y Yili, resisten con su lengua, con su cultura y muestran que aún en la adversidad, las venezolanas indígenas warao logran dejar su comunidad en alto.