Ser independientes económicamente impulsó a mujeres carabobeñas a aprender a coser

14 mujeres y dos adolescentes descubrieron habilidades nuevas y han desarrollado una gran creatividad luego de hacer un curso de corte y costura en Valencia

Por Dayrí Blanco

El día había llegado. Era sábado por la mañana y las 16 mujeres y adolescentes que habían sido seleccionadas para un taller de corte y costura, esperaban ansiosas a las facilitadoras. Ya para esa hora el lugar estaba limpio. Las talleristas improvisaron unas mesas con pedazos de tablas y puertas viejas sobre diferentes objetos, trajeron las sillas y mesas de sus casas, y acondicionaron lo mejor que pudieron un espacio sobre el piso de tierra al aire libre.

Ellas viven en Villa Samán, un barrio de 36 viviendas improvisadas sobre un terreno invadido hace varios años, en la parroquia Miguel Peña, al sur de Valencia. Días antes organizaron todo para el taller que les daría la fundación Dar Más que Recibir, como parte de su programa “Escuela Móvil”.

Fue un grupo selecto porque los recursos de la fundación no alcanzaban para admitir a más personas. Dejar a algunas por fuera fue difícil porque, según datos de la presidenta de la fundación, Elizabeth Paredes, más del 75 % de las mujeres que viven en esa barriada se dedicaban a la recolección de cartones y otros materiales de reciclaje entre la basura, para venderlos y poder comprar, al menos, la comida del día. Salen cada noche y dejan a sus hijos solos o con sus padres si están en casa. 

Tras esta experiencia, la realidad de muchas familias de Villa Samán, cambió. Mujeres que antes hurgaban entre la basura para poder encontrar su sustento, hoy se dedican a la confección de distintas piezas de ropa, las venden y obtienen mayores ingresos, sin necesidad de salir de sus casas por mucho tiempo.

Con nuevas oportunidades

En la comunidad, muchas de las mujeres no saben ni leer ni escribir. Ellas eran las que estaban más nerviosas el primer día del taller. “No se sentían capaces al principio… Tuvimos que incentivarlas a nivel emocional y personal porque se sentían desvaloradas. Les faltaba amor propio, necesitaban que alguien les dijera que sí lo podían hacer y que eran capaces”, relató Paredes.

En sus visitas a la comunidad existe mucho analfabetismo y violencia doméstica, según constataron desde la fundación Dar Más que Recibir. “Hay maltrato físico de parte de sus parejas, hermanos y otros familiares. Eso les genera mucha inseguridad en sí mismas… Por eso nos enfocamos en enseñarles un oficio para que se defiendan, que se sientan capaces, despertarles ese amor propio y que pueden emprender, no solo en la costura sino en cualquier cosa”, dijo la presidenta.

La falta de oportunidades para estudiar y desarrollarse también fue comprobada. “No es que no querían, es que nunca pudieron”, aseguró. Ahora pueden y están emprendiendo un camino importante hacia su independencia económica.

Amor propio

Erika Centeno es una de las mujeres que participó en el taller. A sus 30 años veía pasar los días entre las labores del hogar y cuidado de sus cuatro hijos en su pequeño ranchito, pero no estaba conforme. Quería hacer algo más, sentirse útil y productiva, pero no tenía idea de cómo lograrlo. Ella no culminó la secundaria y solo había hecho cursos de depilación de cejas.

Llegó junto a su familia a Villa Samán hace cinco años, luego de que su casa en Caracas se cayera durante una temporada de lluvia. Empezó de cero construyendo un ranchito con su pareja, quien se encargaba del sustento de toda la familia.

Cuando vivía en Caracas se dedicaba a la venta en cualquier negocio, y de niña vendía hasta aguacates. Así que el carisma como comerciante le sobra.

Pero por mucho tiempo estuvo sin hacer nada por sí misma. Iba a tiendas en el centro de Valencia, la capital carabobeña, y no le daban empleo porque las vacantes son para menores de 25.

“Ahora soy productiva y me siento demasiado bien porque sé que puedo. No necesito de nadie, ni de un hombre, ni espero que alguien me dé”, afirmó Erika.Cuando ella habla de autovaloración y de amor propio se le ve contenta. Es otra mujer luego del descubrimiento de sí misma que ha hecho a raíz de la formación recibida. Además de apoyar en casa con dinero para la comida, puede atender mejor a su hijo mayor que tiene una discapacidad y hasta les ha hecho ropa a sus cuatro hijos. “Eso me tiene muy contenta”, añadió

Con orgullo Erika muestra los shorts, vestidos, franelas y faldas que ha hecho. Aprendió a hacer patrones, a cortarlos y a coser. Lo hace a mano porque no tiene máquina, pero eso no ha sido impedimento para seguir adelante. “Me ha pasado que no tengo nada de comida y me voy a casa de conocidos, les ofrezco las prendas, se las miden y me las compran”, dijo

El próximo paso: Una máquina de coser

Con los conocimientos adquiridos y las ganas de seguir cosiendo, Erika no solo sueña con una máquina de coser trabaja por ella. Parte de lo que hace con la venta de las piezas lo guarda para comprar esta herramienta, que es una aspiración que comparte con varias de sus vecinas que también emprendieron el mismo camino de la costura.

Elena Pérez también es una mujer joven y, a diferencia de otras de sus compañeras, ella tenía conocimientos de otros oficios. Ya había hecho cursos de peluquería y manicura, pero no estaba ejerciendo por falta de motivación y las herramientas personales que recibió en el curso le sirvieron para volver al ruedo.

En el curso aprendió a hacer bolsos, bermudas, faldas y cacheteros y es su esposo el encargado de venderlos en estos momentos que está sin empleo. Es una actividad de gran ayuda para la familia y todo lo hacen a mano porque tampoco tienen máquina. “Estamos haciendo empeño para comprarla”, dijo.

Ellos se han especializado en bolsos de cuerina que ofrecen en comunidades del sur de Valencia, a 10 dólares. De acuerdo con su experiencia, el precio tiene que ser económico “porque a la gente de barrio no se le puede vender tan caro”.

Otra oportunidad

En casa de Carmen Araujo todos estaban acostumbrados a que ella solo se dedicara a las labores del hogar. “Yo sentía que debía hacer algo más, no me sentía bien dependiendo de mi esposo”, contó.

Así que fue una de las primeras en anotarse en el curso de corte y costura. “Esto es un privilegio, he aprendido muchas cosas… Yo no sabía coser y he hecho shorts y bodys”, comentó. 

“La máquina (mano) derecha está dañada, que es la que uso y no he podido seguir cosiendo”, expresó entre risas. Debido a la lesión no ha podido vender ninguna de sus piezas pero espera recuperarse y seguir. Su deseo es el mismo que el de sus compañeras: comprar una máquina para hacer más prendas y poder ayudar a su esposo con las cuentas del hogar.

Un ejemplo en medio de la adversidad

La historia de Yolimar Blanco es similar, pero también es un ejemplo para todas. Ella se decidió y les dijo a sus hijos que había que hacer un gran sacrificio y por tres semanas ahorró 20 de los 30 dólares que el padre de su hija que le enviaba, compraba comida solo con 10, y reunió para adquirir la máquina de la que se siente muy orgullosa.

Es sencilla, solo cose en líneas rectas, pero es de gran ayuda. “Yo paso todo el día sentada en esa silla, desde que me paro hasta que me acuesto… inventando, creando, hace rato estaba desarmando unas prendas para convertirlas en faldas”.

Yoli, como le dicen en Villa Samán, se unió con Erika para ayudarla. Mientras una corta patrones la otra cose. El objetivo de Erika es reunir rápido para comprarse su máquina, y el de Yoli es poder pagar por una más avanzada.

Ellas no se rinden. Pese a las adversidades descubrieron que tienen habilidades, capacidades y que pueden desarrollarse económicamente. Han derribado parte de sus temores, como el de seguir aprendiendo, auto valorarse y ser productivas.