Sin importar los riesgos, Erminda Bermúdez regresó a Colombia para cobijar a los migrantes
En medio de dos barrios de Cúcuta una mujer colombiana se propone amparar a los migrantes venezolanos y colombianos retornados; su labor ocurre frente al acecho paramilitar y los estragos provocados por la pobreza.
Erminda Bermúdez huyó de Colombia cuando el país vivía la más negra de sus horas, pues el narcotráfico y el conflicto armado eran el rostro del terror. Bajo su yugo, el pueblo colombiano escapaba o sobrevivía ante una ley distorsionada, impuesta por las drogas y las armas.
Ella llegó a Venezuela a través del estado Zulia, donde vivió indocumentada por 40 años. En territorio colombiano tampoco gozaba de identidad; la pérdida de su acta de nacimiento le impidió gozar de documentación, así en ambas naciones siempre fue una apátrida.
Foto: Erminda Bermúdez apenas obtuvo su cédula de identidad colombiana en 2014.
Pese a la falta de pertenencia, construyó un hogar en suelo venezolano, lejos del infierno desatado al otro lado de la línea fronteriza. Sin embargo, la tranquilidad resultó interrumpida y Erminda se topó con la obligación de abandonar su casa otra vez.
En agosto de 2015 el régimen de Nicolás Maduro anunció el cierre indefinido de la frontera con Colombia. Más de mil ciudadanos colombianos fueron expulsados de Venezuela y otros 20.000 cruzaron de forma “voluntaria” los pasos fronterizos hacía tierra neogranadina.
Se encontraba en El Palotal, localidad del municipio Bolívar del estado Táchira, cuando ocurrieron las destrucciones de ranchos habitados por colombianos. La Guardia Nacional Bolivariana (GNB) fue la encargada de materializar los desalojos y también la responsable de adjudicar delitos a probables inocentes.
“Estaba en la casa de mi cuñado al empezar las demoliciones. Los funcionarios llegaron al sitio, me acusaron de paramilitar y aunque intenté demostrarles su equivocación, ignoraron mis palabras y vulneraron mis derechos. No hubo remedio, me sacaron”, recordó Erminda.
El refugio hallado en Venezuela llegaba a su fin y el regreso a Colombia se divisaba en la distancia para quienes cruzaban, con sus pertenencias y la tragedia al hombro, el Río Táchira. Tras los exiliados quedaban los barrios de invasión, símbolos de la “nueva vida” establecida en geografía venezolana.
La entrega de colombianos irregulares a Migración marcaría el inicio de su masiva deportación. Casi un año después, el calvario padecido por los colombianos expulsados se repetía, pero los desterrados eran otros: comenzaba la estampida de venezolanos en dirección a Colombia.
Las aves despliegan el vuelo
La crisis migratoria venezolana se observa en su máxima expresión en La Parada de Cúcuta, allí el comercio informal, la mendicidad, la indigencia y la delincuencia conviven a diario. En el sitio, Erminda veía familias venezolanas padeciendo hambre en las calles, expuestas a la intemperie.
La colombiana no soportó el dolor causado por la cruel realidad y comenzó a rogar a Dios iluminación para brindar su mano a los migrantes venezolanos. La luz surgió al comentarle al pastor de su Iglesia que necesitaba un espacio en el cual albergar a personas sin hogar.
El hombre sabía de un lugar, pero le avisó del peligro y la fatalidad del mismo. No obstante, Erminda hizo caso omiso a las palabras del pastor y fue a conocer la zona. Al llegar confirmó las palabras de su consejero. El panorama estaba compuesto de calaveras humanas y automóviles desvalijados y abandonados.
El ambiente de mala muerte podría haber intimidado a cualquiera, pero Erminda no se rendió a los pies del miedo. Decidida a lograr su propósito, limpió el área y construyó su rancho. Mientras se instalaba, una visita inesperada pretendía despertar su temor.
“Los grupos armados llegaron para advertirme que el terreno estaba bajo sus dominios y no podía vivir allí. Les expliqué que venía de Venezuela y no podía costear un arriendo, pues no tenía trabajo y mi edad me impedía conseguir uno”.
Sin reparar en las amenazas de los paramilitares, Erminda continuó con su propósito y comenzó a alojar caminantes venezolanos a los alrededores de un canal en medio de San Miguel y el 28 de Febrero, dos barrios de la principal ciudad de Norte de Santander.
Algunos descansaban en la locación y luego seguían su travesía a otras ciudades de Colombia, otros prefirieron quedarse, estos últimos componen actualmente una población de 200 familias de migrantes venezolanos.
De esa manera nació Aves Emigrantes de Paso Somos Uno Solo, una organización creada por Erminda quien nunca imaginó que retornaría a su país de origen con las canas tiñendo su cabello y las arrugas surcando su cara, para ayudar a los venezolanos afectados por la emergencia humanitaria en Venezuela.
En la búsqueda de potencial femenino
La fundación dirigida por la colombiana tiene como misión primordial empoderar a las mujeres -sean migrantes o retornadas- víctimas de violaciones de derechos humanos debido al desplazamiento forzado y el conflicto armado.
“Me intereso por estos fenómenos porque soy una mujer que los vivió en carne propia; fue debido a los estragos de la guerra que hui de Colombia; de mi país me desplazaron y Venezuela me acogió”.
La solidaridad que años atrás le fue demostrada por los venezolanos desea retribuirla a través de su fundación con el empoderamiento de las mujeres integrantes de la comunidad, a fin de impulsar el trabajo y la independencia financiera de las migrantes.
De acuerdo con Erminda, en cada rancho habitan entre dos a tres familias y cada mujer puede tener hasta siete hijos. La mayoría de féminas venden café en las calles, no poseen oficio alguno y su nivel de educación es básico.
Los primeros pasos dados por Aves Emigrantes de Paso Somos Uno Solo permitieron ayudar a 70 mujeres a partir de la entrega de insumos para generar un negocio, pero parte importante del grupo vendió los materiales.
Ella consideró entonces que el proceso de empoderamiento debía incluir charlas y talleres que resalten los riesgos de la pobreza y la ausencia de autonomía económica de las mujeres, dos situaciones capaces de recrudecer la violencia y desigualdades de género.
Por medio de alianzas con la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y la Corporación de Profesionales para el Desarrollo Integral Comunitario (Corprodinco), ocurre la segunda fase de formación: reciben los recursos y aprenden a implementarlos.
“Apoyamos a las mujeres en quienes vemos espíritu de salir adelante. Ahora una de ellas tiene un carrito con el que vende bebidas frappé; a otra le fueron entregados productos para arreglar el cabello y presta servicios de peluquería”.
Coordinar los esfuerzos de las mujeres del poblado en el desarrollo de un futuro más favorable no ha sido tarea sencilla para Erminda, pues se mantienen apáticas respecto al trabajo en equipo. Por tal razón, la organización las instruye sobre el valor de la unión y la sororidad.
“Antes se les proporcionaban los insumos individualmente, en el presente los repartimos en grupos de 10 en 10 para enseñarlas a convivir a partir de la ayuda mutua porque así lo aprendí yo y esa es la esencia de mi organización”, subrayó.
Mirando al terror a los ojos
El ingreso de los organismos colombianos e internacionales al terreno ha dependido de la aprobación de los grupos armados, cuyo consentimiento implica que activistas y demás personal asistan a la comunidad sin la compañía de autoridades policiales.
La condición impuesta por los paramilitares no ha evitado el acceso a la localidad, el cual ha permitido la detección de potenciales problemas como la inasistencia de los niños y niñas migrantes a las escuelas.
El Comité Internacional de Rescate (IRC) colaboró con Aves Emigrantes de Paso Somos Uno Solo en garantizar la presencia de los pequeños en las instituciones educativas de la zona, brindando -además- materiales escolares para facilitar su aprendizaje e incorporación a las aulas.
Asimismo, en articulación con Acnur, Corprodinco y IRC, Erminda promueve la tramitación del Estatuto Temporal de Protección para Venezolanos, una de las políticas migratorias creadas por el gobierno de Colombia, con el objetivo atender las principales necesidades de esta población en condición vulnerable.
Las presiones de los irregulares no han cesado, aún persisten las amenazas en contra de la colombiana y su labor. “Un día puede amanecer muerta por un ‘accidente de tránsito»’, es el mensaje con el cual pretenden amedrentarla.
Si bien la actitud intimidatoria de los paramilitares permanece, incluso en contra de los venezolanos en el canal, Erminda Bermúdez sigue firme en su compromiso de procurar el bienestar de los migrantes en Colombia hasta que sean capaces de abrir sus alas y volar hacía un mejor porvenir.
Esta nota fue publicada originalmente en La Nación Web como parte de la alianza en la red de mujeres Constructoras de Paz.