Inicio / Noticias / Análisis / El nuevo traje de la desinformación y la propaganda

El nuevo traje de la desinformación y la propaganda

  • “Es necesario alertar sobre la tentación de que los gobiernos utilicen las llamadas noticias falsas como una excusa para censurar a la prensa independiente, suprimir el disenso y el debate de ideas”, reza este texto, escrito para el Encuentro Internacional de Periodismo Cátedra Vargas Llosa, en Lima.

Marianela Balbi
Nadie puede dudar de que el fenómeno de las Fake news, donde se ha dado un maridaje entre la desinformación y la propaganda, ha desatado los demonios que, luego de los daños morales ocasionados por el periodismo amarillista de los últimos años del siglo XIX en Estados Unidos, parecían haberse encauzado gracias a la camisa de fuerza de la objetividad.

Marianela Balbi: “Los intermediarios deberían apoyar la investigación y el desarrollo de soluciones tecnológicas adecuadas para afrontar la desinformación y la propaganda”.

Es oportuno recordar las dimensiones de aquella confrontación periodística ocurrida entre 1896 y 1898 y protagonizada por el New York World, de Joseph Pulitzer, y el New York Journal, de William Randolph Hearst.

Las acusaciones que compartían ambos medios eran claras: adulteración de información, descontextualización de los datos, manipulación de noticias a través de la magnificación de los hechos, pago a las fuentes para conseguir exclusivas, imágenes explícitas. Todo se hacía con un objetivo, provocar la excitación emocional del lector, exaltar al público explotando situaciones catastróficas, revelar conductas cuestionables, hechos aberrantes, y muchos sucesos banales. Ya entonces se hablaba de “supuestas noticias”, pero más bien para calificar contenidos periodísticos ligeros, pintorescos y superficiales.

Con el uso de estos recursos, los editores buscaban respuestas de sus lectores fuertemente condicionadas por sentimientos de angustia, rechazo compulsivo o empatía, interés morboso, una sensación de inseguridad e impotencia ante los horrores de la conducta humana y de los poderosos, o también evasión ante la tensa y depresiva realidad, las injusticias y los conflictos sociales.

Pero había un segundo objetivo cuyo fin era sencillamente crematístico: ganar la guerra comercial que se habían declarado entre sí los periódicos de Pulitzer y Hearst. El periodismo amarillista era una fórmula segura para vender miles de ejemplares y aumentar las cuentas de los dueños de los medios.

ETERNAS MENTIRAS

La periodista colombiana María Teresa Ronderos reconoce que al periodismo –casi siempre el malo, pero a veces también el bueno- le ha tocado lidiar con la mentira. No es nada nuevo. En esa máquina trepidante que es una redacción, casi siempre hay un anecdotario de uno o varios casos de errores cometidos por sus periodistas y editores, los cuales responden, algunas veces a agendas ocultas, pero otras, a descuidos de las reglas elementales del periodismo, esas  que exigen la confirmación y el chequeo riguroso.

Quizás recuerden aquella primera página del diario El País de España que publicó una fotografía del presidente Hugo Chavez entubado en una mesa de operaciones. Era falsa.

Pero casos como éste quizás sean los menos dañinos. Hay una voluminosa antología de noticias “verdaderas” y de “versiones oficiales”, pulcramente formateadas por las oficinas de prensa de gobiernos y gabinetes de relacionistas públicos de empresas privadas que han alimentado titulares de todos los diarios más prestigiosos.

El palmarés se lo ha llevado la campaña de Estados Unidos y sus aliados europeos sobre la existencia de armas químicas en Irak para justificar la invasión en 2003.

Tiene razón el ensayista y narrador francés, Christian Salmón, autor de Storytelling, la máquina de formatear espíritus, cuando afirma que en el storytelling (esa herramienta que surgió con mucha fuerza en los 90 para impregnar todos los ámbitos con el predominio de la narrativa) “no se trata sólo de ‘contar historias’ o de ocultar la realidad con un velo de ficciones engañosas, sino también de narrar para compartir un conjunto de creencias capaces de suscitar adhesiones o de orientar los flujos de emociones; en resumen, de crear un mito colectivo constrictivo. Y de eso se trata este asunto de la noticias falsas.

El problema se agudiza cuando se superpone el relato a la realidad, cuando domina el poder creativo del storytelling y cuando se impone el “gobierno” de las anécdotas. A eso le llama Salmon “narrarquía”, porque transforma aquella antigua pulsión humana de contar historias en un instrumento de dominación y desdoblamiento de la realidad, a través de la construcción y saturación de relatos prefabricados, artificiales, para responder a unos fines, de nuevo, económicos, políticos, ideológicos, y que casi nunca redundan en beneficio de la mayoría.

Ya en el año 2008 Salmón hablada de que dos ámbitos habian hecho un uso extensivo de esta herramienta: la comunicación política y el periodismo. Y ambos, casi 10 años después, se han desarrollado en escala ilimitada a través de lo que llama el storytelling digital: han empaquetado la realidad en una narrativa en la cual se filtran con mucha eficacia las percepciones directas y se estimulan emociones prácticas a través del uso de Webcams, blogs, televisión interactiva, Skype, Twitter, Facebook, Instagram.

LA VERDAD VIRTUAL

Si tenemos claro que los gobiernos son los principales constructores de noticias falsas con intenciones políticas y que además son los creadores de bolsones de desinformación y de realidades de utilería difundidas a través de los medios;

Si estamos convencidos de que el fenómeno de las noticias falsas responde también a la ecuación: enganchas a la gente + hace click + sube el tráfico + atraes publicidad + ingresan dólares a tu cuenta de Google AdSense, de la misma manera cómo lo hacía el periodismo amarillista de 1896 en las arcas de Pulitzer y Hearst;

Si convenimos en que los propósitos son valerse de prejuicios para instalar miedos y, como dice Salmon, cohesionar a través del reforzamiento de creencias, suscitar adhesiones, orientar flujos emocionales;

Si damos por ciertos los análisis sobre la influencia de las noticias falsas en recientes resultados electorales…

La siguiente pregunta que me he hecho es: ¿Dónde están los elementos novedosos que están alimentando esta tendencia de usar estos mecanismos de comunicación para apuntalar las intenciones populista,  inventar nuevos y lucrativos negocios y minar la credibilidad de los medios borrando los bordes de lo real y lo falso?

LOS NUEVOS MEDIOS Y LOS GOBIERNOS

Las fake news nos han revelado nuevos actores que imitan a los medios tradicionales para nutrirse de su credibilidad y para legitimarse ante una audiencia incauta, por decir lo menos. Uno de esos actores son los miles de sitios web únicamente creados para confeccionar noticias falsas, indigestar a una audiencia hipo crítica sometida a un torrente de información dudosa y que es incapaz de discernir entre lo real y lo falso.

Otro de los actores, de vieja data pero con ropaje nuevo, son los gobiernos, especialmente los autoritarios, pero no únicamente los autoritarios, que, por una parte poseen una maquinaria perfectamente aceitada y operada por hackers y trolls estatales listos para generar propaganda gubernamental y configurar sus sesgadas realidades, y por la otra, reaccionan histéricamente señalando a los medios  de difundir mentiras y de tener una agenda política encubierta, cuando estos revelan hechos que le resultan molestos.

Es necesario alertar sobre la tentación de que los gobiernos utilicen el fenómeno de las llamadas noticias falsas como una excusa para censurar a la prensa independiente, suprimir el disenso y el debate de ideas.

Ya lo ha advertido el comunicado conjunto Sobre Libertad De Expresión y “Noticias Falsas” Desinformación y Propaganda emitido recientemente por los relatores especial de las Naciones Unidas (ONU), la OEA para la Libertad de Opinión y de Expresión, la Comisión Africana de Derechos Humanos  y la Representante para la Libertad de los Medios de Comunicación de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE).

Lo que están haciendo los Estados, en nombre de proteger a la colectividad del fenómeno de las fake news, dicen los relatores: “agrava el riesgo de amenazas y violencia contra periodistas, mella la confianza y la creencia del público en el rol de vigilancia pública del periodismo y podría confundir al público difuminando los límites entre la desinformación y los productos de  los medios de comunicación que contienen datos susceptibles de verificación independiente”.

Lo que se espera de los Estados –y se lo recuerdan los relatores- es que cumplan con su obligación de promover un entorno de comunicaciones libre, independiente y diverso, incluida la diversidad de medios, los cual constituye un mecanismo clave para abordar la desinformación y la propaganda.

También los emplazan a que aseguren la existencia de medios de comunicación públicos sólidos, independientes y con recursos suficientes, que operen con un mandato claro de favorecer el interés público general y establecer y mantener los más altos estándares periodísticos.

EL SOCIO TECNOLÓGICO

Un actor fundamental en la explosión de este fenómeno ha sido Internet y las tecnologías digitales, por el poder de viralizar la distribución de la información, pero al mismo tiempo, por su capacidad de aplanar el acceso a la información y ampliar la posibilidad de las personas para contrarrestar la desinformación.

Un elemento nuevo ha sido la forma cómo los gigantes tecnológicos Facebook, Google, Twitter, se han involucrado en los debates sobre el fenómeno. Expertos (el profesor Luciano Floridi, quien lo ha desarrollado en su columna en el diario The Guardian) han destacado que las compañías tecnológicas han comenzado a asumir responsabilidades como las que se le reclaman a las organizaciones periodísticas. Y eso está muy bien.

Facebook ha reconocido de forma explícita – e incluso a través del propio Mark Zuckerberg- que tiene responsabilidad por el consumo y la distribución masiva de noticias, y anunció que añadirá una señal a las noticias cuya veracidad esté en discusión para advertir a los millones de usuarios de que pueden estar leyendo o compartiendo informaciones falsas. Acaba de establecer alianzas con organizaciones informativas para que periodistas se dediquen a evaluar las denuncias hechas desde la red social sobre historias falsas y contribuyendo a eliminar su circulación.

Google ha afirmado que le otorgaría una especie de icono a las noticias verificadas, en especial aquellas pertenecientes a sitios de alta credibilidad dedicados al fact-checking.

Ambas empresas, que controlan el 75% del negocio de la publicidad digital en el mundo, anunciaron simultáneamente que restringirían la publicidad en los sitios web dedicados a publicar noticias falsas.

Los relatores para libertad de expresión también se han ocupado de los intermediarios. Los emplazan a que, ejerciendo su papel responsablemente, faciliten el ejercicio de este derecho a través de las tecnologías digitales y velen por el respeto de los derechos humanos. Y van más allá: Los intermediarios deberían apoyar la investigación y el desarrollo de soluciones tecnológicas adecuadas para afrontar la desinformación y la propaganda.

En definitiva, son actores esenciales para mejorar servicios de verificación de datos, para revisar sus modelos de publicidad y garantizar el libre flujo de diversas opiniones e ideas.

EL NUEVO CONSUMIDOR

Un actor primordial, sin el cual no existirían las fake news es el receptor, la audiencia, el consumidor. ¿Cómo es esa audiencia que consume información a través de las redes sociales, internet e incluso los medios tradicionales? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Cuáles son sus hábitos de consumo de información? ¿Cómo se alimenta?

Usa Smartphones, cada vez más. Posee niveles de atención de alrededor de 12 segundos pero afirman que con la salida del IPhone el nivel de atención disminuyó a 8 segundos. Consume videos por Instagram, que duran 15 segundos, y por Vine, que apenas alcanzan los siete. Las aplicaciones, por lo tanto, están diseñadas para captar esos instantes de atención y lograr que hagas scroll hacia abajo.

Los pesimistas aseguran que esto puede atrofiar la capacidad de pensar, reflexionar, analizar. Que afecta la concentración y la memoria, y que mina la posibilidad de desarrollar tareas complejas.

Pero, sobre todo, es una audiencia que por reflejo condicionado comparte contenidos sin detenerse a verificar la autenticidad, la veracidad de las noticias, la sensatez de las ideas, la autenticidad de videos y mensajes que inundan su teléfono inteligente.

¿Es una audiencia que puede discernir entre lo real y lo falso? ¿Es autónoma para llegar a conclusiones que impulsen sus decisiones políticas? ¿Es capaz de reaccionar para resguardar lo privado de la invasión de lo público?

Es la audiencia cautiva para que germinen las fake news y quizás debamos desempeñar una nueva función: la de reeducar a un público para un consumo responsable de información, para restablecer criterios, estimular la capacidad crítica y fortalecer su sistema inmunológico ante las nuevas formas de comunicación.

Los optimistas reconocen la existencia de una audiencia que ha sabido aprovechar la apertura y democratización del conocimiento a través de Internet para ampliar su propia visión y comprender las complejidades actuales; que ha aprendido a hablar en su misma lengua consciente de su poder y de sus flaquezas; que ha expandido el espacio público para el debate abierto y audaz; que se hace parte orgánica de la red y se transforma en comunidad digital, y que no le da tregua a la réplica, bien sea a los medios, a las marcas, a los políticos.  Quizás, hasta ahora, ésta ha sido la mejor auto regulación de las redes sociales. Necesitamos esa audiencia que, con la crítica, la suspicacia y el cuestionamiento recomponga los vínculos con el poder, un poder que, como afirma Moisés Naim, se está volviendo más frágil y vulnerable porque “se disemina entre una multitud de agentes, de micropoderes en cuyas manos acaba degradado”.

El gran reto hoy es ganar y mantener audiencias capaces de enfrentar los temas clave de la democracia.

EL NUEVO DESAFIO DE LOS PERIODISTAS

Al igual que en 1896, quienes están corriendo el mayor riesgo de salir maltrechos de esta tormenta son los medios y los periodistas. Están presenciando cómo se deshace la confianza en esa institución, y cómo se debilita la credibilidad de una profesión que está llamada a cumplir la función social de ser los “perros guardianes” de la democracia.

Pero recordemos que desde adentro de aquel monstruo llamado periodismo amarillista nació la reacción, la auto regulación y el contrapeso para delimitar y afrontar sus efectos perniciosos. No más de una década después surgieron  los muckrakers o rastrilladores de estiércol, como los llamó el presidente Theodore Roosevelt a quienes iniciaron el periodismo de investigación. También en esa época, el decidido acto de constricción del propio Joseph Pulitzer impulsó la creación del Premio que en pocos días llega a sus 100 años y la más prestigiosa Escuela de Periodismo en la Universidad de Columbia.

Creo que desde adentro de esta nueva bestia de las fake news surgirá la propia medicina. Ya podemos ver cómo la están afrontando los intermediarios, pero esa responsabilidad recaerá fundamentalmente sobre los medios y los periodistas.  Como en los inicios del siglo XX, será con más periodismo que se combatirá la desinformación y la propaganda, profundizando en sus tareas de siempre y haciendo un uso extensivo e inteligente de las nuevas tecnologías para potenciar esas funciones.

Hoy más que antes será imprescindible la verificación de hechos, el contraste de fuentes, las directrices éticas, la comprobación de las fuentes autorizadas o confiables. “El paradigma del periodismo en la era de Internet es la transparencia. Paradójicamente, la confusión creada por el exceso de información actual parece ser aclarada sólo con más información”, afirma María teresa Ronderos.

Serán funciones de los medios de comunicación y los periodistas apoyar sistemas efectivos de autorregulación, impulsar y consolidar la figura de los editores públicos, defender estándares para propiciar la veracidad de las noticias, ejercer responsablemente el derecho de rectificación y/o réplica en el caso de hechos incorrectos en los medios, ofrecer una cobertura crítica de la desinformación y la propaganda como parte de sus servicios de noticias, en definitiva someterse ellos mismo a mecanismos de transparencia en sus políticas editoriales y en la toma de decisiones.

Relatores para la libertad de expresión y los derechos humanos afirman que  “la desinformación y la propaganda afectan intensamente a la democracia: erosionan la credibilidad de los medios de comunicación tradicionales, interfieren con el derecho de las personas de buscar y recibir información de todo tipo, y pueden aumentar la hostilidad y odio en contra de ciertos grupos vulnerables de la sociedad. Por ello, reconocemos las iniciativas de la sociedad civil y los medios de comunicación para identificar noticias deliberadamente falsas, desinformación y propaganda, y generar conciencia sobre estas cuestiones. No obstante, resulta preocupante que los gobiernos utilicen el fenómeno de las llamadas noticias falsas o “fake news” como una excusa para censurar a la prensa independiente y suprimir el disenso”.

Mario Vargas Llosa: “El peligro viene desde dentro del periodismo empujado por una necesidad de un público cada vez más interesado en el entretenimiento que en la información. Se acabó esa frontera. El amarillismo y el entretenimiento han pasado a ser los valores dominantes. Y el periodismo es víctima de eso. Es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo” (…) Pero concluye que la responsabilidad de los periodistas en esta nueva forma de sensacionalismo y seducción de audiencias a través de Internet está en “la de no mentir defendiendo la verdad, a veces relativa, pero profesional. A veces la realidad es confusa. Siempre hay una manera de ser honestos”.

Ver también

Manual de Seguridad del CPJ: Cubriendo las Protestas en Venezuela

El Comité de Seguridad para Periodistas, CPJ (por sus siglas en inglés) publicó un manual de …