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Gay Talese, un mito que abre la puerta / Juan Manuel González

El señor Gay Talese no lleva corbata: viste un pantalón gris, una camisa clara y una campera de lana azul. Así luce al abrir la puerta de su casa de varios pisos, a pocos metros de Park Avenue, en Manhattan. Es jueves 20 de noviembre de 2014, faltan pocos minutos para la 1 PM, y el sol y el otoño hacen que Nueva York sea todo lo bella y amable que una ciudad puede ser.

El señor Talese abre la puerta porque tres periodistas la tocamos hace apenas unos segundos: el mejicano Francisco Cuamea, el chileno Cristian Ascencio Ojeda y el argentino que escribe estas líneas. Pide que, “por favor”, regresemos más tarde, quizá en tres horas. Ahora está ocupado, dice: hay gente en su escritorio, en el cuarto piso de su casa; mítica como quien la habita. Parece contrariado: no quiere ser descortés con los periodistas que golpeamos su puerta y en pésimo inglés pedimos hablar con él. Se toma la cabeza, parece que medita, y, finalmente, el señor Talese franquea el paso.

Se sienta en un sofá de cuero marrón y nos invita a hacer lo mismo en sillones individuales. El señor Gay Talese advierte que serán pocos minutos de conversación, aunque no por ello dará respuestas de ocasión en la impertinente entrevista a la que se somete: meditará y argumentará cada respuesta, porque Gay Talese no sólo es el padre del nuevo periodismo, sino y sobre todo, un caballero neoyorquino.

–Lo que hicieron fue tocar la puerta, y así es como la buena gente se comunica –dice el señor Talese–. No llama por teléfono, no escribe cartas, no googlea o las busca por internet. Tocaron la puerta y ese es el periodismo que a mí me gusta. A veces encuentras las personas en momentos oportunos o inoportunos. Pero le miras en la cara, haces contacto visual, ves donde vive el tipo, cómo es la puerta de la casa, y esas personas pueden verles como tres periodistas, gente respetuosa, simpática y con una buena apariencia física, y te abren la puerta. Ustedes hicieron que yo abra la puerta. ¡Así tendría que ser el periodismo! Y aunque no hablan en inglés perfectamente, y no lo hacen, los entiendo. Ahora estoy aquí para hablarles de lo que quieren saber, para ver si los puedo ayudar.

El plan para llegar al señor Talese era, básicamente, estúpido: caminar los casi mil metros que separan el hotel en el que nos alojábamos, sobre la Séptima Avenida, hasta la casa del señor Gay Talese. Tocar la puerta, preguntar por él y esperar. Sin cita previa. Sólo tocar la puerta y sonreír.

La puerta del señor Gay Talese.

Hay que subir los peldaños de una escalara exterior para llegar hasta la puerta de vidrio detrás dela cual hay otra de madera compacta con una placa de bronce en la que se lee: “109 — Talese”. De tan estúpido, básico y rústico, el plan para llegar al señor Talese no preveía que la puerta se abriese, que el dueño de la casa nos dejara pasar y, obviamente, que preguntara, sentado en uno de los sillones de su sala:–¿Qué necesitan?

Las consecuencias de semejante plan derivó en una pregunta estúpida, básica y rústica: –¿Qué podría recomendarnos?

***

–El periodismo en los EE.UU., en mi opinión, está fallando porque no entiende a la clase media. Cuando era joven, cuando tenía 21, a principio de los años 50, los periodistas éramos de clase media. Fuimos a la universidad, pero éramos los primeros de nuestras familias en ir. Nuestros padres trabajaban, mi padre fue sastre. Mis colegas, que eran muy jóvenes en esos días, eran hijos de trabajadores, panaderos o carniceros, o de madre que trabajaba como mucama en un departamento o una casa como ésta. Y los periodistas teníamos una sensibilidad por lo que era la lucha de la gente en una sociedad: podría ser en una sociedad industrial, una sociedad de afluencia migratoria o de países pobres, como Polonia o el sur de Italia, Calabria, de donde viene mi padre.

Honrarás a tu padre, Retratos y encuentros y Los hijos; mi set básico de Gay Talese.

Cuando el señor Talese habla, en este caso respondiendo una pregunta muy mala, mastica las palabras antes de arrojarlas hacia el universo de su sala. Él piensa que la posibilidad que tiene un periodista de estudiar en una universidad y (algunas veces) viajar, le da la templanza necesaria para explicar, sin soberbia o petulancia, de cómo el mundo, cada día, se complejiza. Por eso, antes de responder, nos preguntó a los tres latinos que tocamos su puerta unos minutos antes si habíamos asistido a la universidad y qué países conocíamos. Es que el mundo, cree el señor Talese, es más o menos el mismo en cualquier parte, y sus habitantes se comportan más o menos de la misma manera: entre quienes resisten y quienes aplastan, según las circunstancias.

–Después, en los siguientes 50 años, los periodistas empezaron a ser tan educados como quienes gobernaban al mundo: fueron a Harvard, a Yale, estudiaron en el extranjero. No había diferencia entre lo que era el periodista o la clase gobernante, la clase próspera o los políticos poderosos. Porque el periodista fue a Harvard o Yale como los presidentes del país, los senadores o un gerente de un gran banco en Wall Street. Y los periodistas se hicieron parte del sistema de poder y perdieron ese ojo y esa curiosidad. El periodista en Estados Unidos no es tan diferente de las personas de las que escriben, que son los poderosos. Las personas de las que escriben son las personas que crean las noticias.

¿Qué contempla uno cuando se sienta, digamos, en la sala de la casa de Gay Talese? A escasos centímetros de él, puedo ver su perfil izquierdo, los rasgos envejecidos, sus ojos entrecerrados cuando busca ejemplos para sus argumentos, sus lentes tomados por las patillas. Puedo ver más allá, quizá a dos metros, la biblioteca laqueada de blanco, repleta de libros, portarretratos, recuerdos. Puedo ver, incluso, la sala principal –no ésta más íntima en la que nos recibió–, en donde una estufa a leña, una escalera de mármol blanco y una tupida alfombra sellan el estilo señorial de la casona.

–La mayoría de las personas que salen en las noticias están en el poder, o a punto de estarlo: actores famosos o atletas profesionales, políticos o los de Wall Street. Estos ven el mundo financiero como si fuera únicamente suyo. Todos esos criminales y banqueros que embaucaron al pueblo estadounidense no están encarcelados. La gente que está en la cárcel quizá sea quienes no pagan sus impuestos, los que engañan, los gansters; pero los verdaderos gangsters de Wall Street nunca van a la cárcel. Los periodistas no están bien enterados respecto de ellos. Tampoco están cubriendo bien las guerras: yo me acuerdo de Irak cuando había periodistas incrustados con las tropas, pero no puedes estar con el Ejército –uniformado o manejando un tanque– y ver los pecados del Pentágono y la Casa Blanca en Irak. Fue horrible (la cobertura periodística) en 2003, cuando el Gobierno estadounidense invadió a Irak. La prensa lo cubrió como si fuera una cosa buena y creyeron a los mentirosos que comentaban sobre armas de destrucción masiva.

Mientras agudizo el oído para cazar las frases que Gay Talese lanza, se amontonan, al mismo tiempo, algunos párrafos exquisitos escritos por él que quedaron grabados, casi con exactitud literal, en mi memoria: “Sólo sabía que en su interior, borboteando en la fragua de su alma, había confusión y conflicto, y a ambas, probablemente, debía su talento, su rebelión, su destierro, su culpa”, describió el perturbado espíritu de Peter O´Toole. O aquel otro, también memorable, respecto de cómo afectaba a Frank Sinatra la gripe: “Con gripe, es un Picasso sin pintura, un Ferrari sin combustible…, sólo que peor”.

-La prensa ya no es adversaria. Debería atacar a Obama, o a Bush, pero no lo hace. Barack Obama (yo vote por él): todos pensábamos que era buenísimo. Prometió cerrar Guantánamo, nunca lo hizo. Hay muchas cosas que no hizo. Tenía mucha labia, pero la prensa no es más dura con él, como tampoco lo fue con George Bush. En los años 60, cuando Vietnam era la gran guerra, había una prensa fuerte. The New York Times tenía periodistas que, criticándolo, demostraban que el gobierno había mentido. David Halberstam y Harrison Salisbury (ambos periodistas de The New York Time) son nombres importantes para mí, pero no necesariamente lo son hoy en día porque nadie sabe quiénes fueron. Ahora no tenemos a nadie en Irak, Pakistán, Afganistán, o Siria. Es sólo lo que el gobierno quiere que los periodistas sepan, no es lo que el gobierno no quiere que sepan.

La casa del señor Gay Talese y su esposa Nan.

Halberstam y Salisbury quizá estén aquí, o en la sala más grande, con sus brazos apoyados en la baranda de piedra de la escalera, y sendos vasos que alimentan la conversación, el debate y las risas que brotan cuando Gay recuerda que todas las azafatas escandinavas que conquistó en los años 50 fueron “redomadas moralistas” y no aquellas con “reputación de aventureras en el campo sexual”, como hubiese preferido. Quizá la señora Nan Talese cruce la habitación llevando una bandeja con algunos canapés condimentados para los huéspedes. Quizá los dos perros del señor Talese esperen que los invitados se vayan y que su amo tome un cigarro, el único que encenderá en el día, les coloque sus correas, y los lleve a pasear por Park Avenue, donde el humo del puro se mezclará con la polución de Nueva York.

-El gobierno controla a la prensa porque hay un tono de “patriotismo” desde el 11 de septiembre 2001 y el ataque de esos aviones terroristas. Después de eso, la conciencia de la gente fue de paranoia, y la prensa tenía miedo de ser vista como antipatriótica en ese contexto. Los periodistas no quieren parecer como teniendo una falta de patriotismo, porque eso no es bueno para el marketing, no es bueno para la publicidad. La prensa necesita la buena voluntad del anunciante y la buena voluntad del gobierno. El gobierno fue visto como el defensor de la nación debido a esos ataques: se generó un sentimiento de falta de seguridad, pues los ataques terroristas podrían pasar de nuevo mañana y el gobierno ofrecía seguridad. Entonces, todo lo que dice el gobierno que hace está en “interés de la seguridad”. Y si el periodista escribe algo en contra de lo que pasa, está escribiendo contra la seguridad nacional. Entonces la prensa está actualmente debilitada, y ha sido así desde los ataques en el 2001.

El 12 de mayo de 1957, Gay Talese publicó su primer reportaje de largo aliento en la revista dominical de The New York Times: la lucha por sobrevivir de los 400 mil gatos que había en Manhattan por aquellos días de guerra fría: “Viaje a la selva de los gatos”, fue el título. “La única cualidad indispensable es la curiosidad, creo yo, y el ánimo para salir y aprender del mundo y de las gentes que llevan vidas singulares, que habitan lugares ocultos”, dijo Talese años más tarde en uno de sus libros. Su espíritu, al menos en lo que respecta al oficio, no parece haber cambiado en tantos años.

-Entonces, en el 2003 el periodismo apareció apoyando a la invasión de Irak, y tenemos todo ese desastre incluyendo donde estamos ahora. Y la gente que nos llevó a Irak nunca pagó el precio; son los mismos que ahora quieren que invadamos a Siria, y quieren que avancemos más en la guerra contra Irán. Estas personas todavía tienen influencia; estas personas todavía están diciendo quiénes son los enemigos y tratan de convertir a Putin en un Hitler. Y la prensa no les discrepa. Y la gente que los reemplace será igual a ellos, o peor. Y el gobierno (estadounidense) no critica a Israel, no opina contra (Benjamín) Netanyahu, cuando, en realidad, la culpa del conflicto en Medio Oriente es de Netanyahu. Entonces la prensa ya no es libre. ¿Y qué se puede hacer? No sé. La prensa ha perdido su fuerza y su independencia. Y bueno, si yo tuviera un hijo joven, le diría que el periodismo ya no es como antes: “Entonces, hazte doctor, o algo diferente”.

***

Cristian Ascencio Ojeda levanta levemente la cámara fotográfica: “Picture?”, pregunta. El señor Talese hace una mueca y explica que sus atuendos no son apropiados para quedar inmortalizado: abrió la puerta sin lucir corbata, chaqueta y sombrero, que son las prendas que cualquier caballero como él debe vestir en público. Posiblemente tiene temor que aquella picture se viralice en la inmanejable red y él aparezca como se lo ve ahora, peor que desnudo: de entrecasa.

-Yo creo que internet da la oportunidad de comunicar con los otros que están en internet, y por lo general son gente con una cierta educación. Si no eres educado, no puedes usar el internet, que es un tipo de herramienta especial. Y entonces (como periodista) te estás aislando de una población que no está capacitada en usar el internet. También internet da la impresión que lo que circula por allí puede ser falso. Por ejemplo: la gente en el internet puede decir, “mañana a la 1 PM vamos todos frente al edificio de General Motors para protestar”. Y mucha gente puede ir y puede parecer como si fuera una gran manifestación nacional. Y todo gracias a esa gente con sus pequeñas herramientas, y resulta que las noticias están siendo fabricadas. En realidad es falso.

La Redacción de The New York Times.

Con 82 años e investigaciones que cambiaron para siempre el periodismo en sus espaldas, Gay Talese está dispuesto a bracear contra la corriente. Incluso el diario que lo vio nacer, The New York Times, ya no es lo que fue: en la Redacción de varios pisos hay estudios de TV, programadores, ingenieros, visualizadores de datos; y unos pisos más arriba, en el mismo moderno edificio del Times, un laboratorio en donde se desarrollan nuevos dispositivos de lectura de contenidos, la avanzada de la comunicación mundial.

Ingreso a NYT: cientos de pantallas reproducen noticias de todos los tiempos.

-La única manera que un periodista se puede acercar un poco más a la verdad es viajando hasta el sitio de la acción. Por ejemplo, yo no sé cómo sería hoy en día estar en Siria, no sé cómo es estar en Damasco. En Damasco probablemente hay en este momento gente jugando golf, en restaurantes y que está yendo al teatro. Porque el reportaje no está en Damasco, los periodistas no pueden entrar, y no pueden entrar porque no lo saben hacer. Cuando yo era joven, había un periodista -ya mencione su nombre, Harrison Salisbury- que no podía entrar al norte de Vietnam porque el norte de Vietnam es como Siria, es como muchos países donde EE.UU. no es bienvenido. En el año 1966, con la guerra en Vietnam que aún era bastante grande, Salisbury logró entrar a Hanói. Y entró ahí con la visa porque pudo convencer a la gente de ese lugar que su historia no estaba siendo contada. Corea del Sur daba las noticias y los estadounidenses estaban en Corea del Sur “gobernando” las noticias. Harrison Salisbury quiso toda la verdad, no la mitad. Harrison Salisbury entró a Hanói, y lo que encontró fue lo que el gobierno estadounidense estaba denegando: encontró el bombardeo de pueblos, hospitales, matanza de personas, y presentó esas historias. Y en Washington todos decían “éste es un mentiroso, es comunista”. Es este tipo de periodismo que ya no tenemos más. Y era cuando Harrison Salisbury estaba vivo, gente como él existía y podían entrar a lugares como Corea del Norte, como Siria.

Talese, su biblioteca y el sillón en el que se sentó Francisco Cuamea.

El señor Gay Talese accede, finalmente, a posar para lapicture con los periodistas que, con un pésimo inglés y sin ningún plan, tocamos su puerta. Debemos jurar que las fotografías no serán publicadas. Se sube la cremallera de su campera de lana azul para ocultarle al mundo que no lleva corbata. Tres veces posa y sonríe ante cada parpadeo del flash. Luego estrecha las manos, las nuestras. Se oye el eco de su última frase:

-Este país es muy hipócrita, pero eso no lo dice la prensa. La prensa no tiene ni poder ni ganas de decir eso. Entonces yo creo que la prensa americana no está haciendo un buen trabajo.

La puerta se abre e irrumpe en la habitación clara y llena de luz otoñal una mujer fina, elegante y educada –boina, guantes de cuero, botas y un abrigo de color púrpura hasta la altura de la rodilla–: la señora Nan Talese sonríe a los desconocidos que 20 minutos antes golpearon la puerta de su casa. Gay Talese dice adiós, la cierra a nuestras espaldas y regresa a su estudio, donde le esperan algunas personas. Desandamos la escalera en fila india. En la vereda, nos felicitamos por haber completado tan estúpido plan. Estamos felices. Parecemos adolescentes, novatos del periodismo, aunque sumemos unos 60 años de oficio. Caminamos por Park Avenue: Nueva York es todo lo bella y amable que una ciudad puede ser a la 1.25 PM de un jueves de otoño de 2014.

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